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jueves, 2 de mayo de 2019

Volver

Volver a casa siempre me deja barrida física (ahora hay que añadir casi una hora más de coche) y emocionalmente.

No se si será lo de hacerme mayor, pero cada vez siento más nostalgia, más que Bilbao es realmente mi casa, que allí es donde quiero estar, que allí además están los que quiero, con los que me siento bien, los que me acompañan, los que quiero tener cerca.

Pasear por la ciudad es reconocerme en rincones, en la gente, en la cultura y el acento, en las expresiones y en las costumbres. Es no tener que explicar por qué esto lo hago así o por qué lo siento de esa manera. Es que entiendan mis silencios, mis gestos y mis miradas. Es compartir el gusto por los días bonitos y soleados, porque venimos de días lluviosos; es salir entonces a la calle y entender por qué el vino hoy nos lo tomamos fuera. Es gritar ¡Vitamina D, ven a mi! y que el de al lado me entienda.






Son los amigos de siempre. Organizar con ellos una paella en el Vivero, (que antes odiaba), es hoy un planazo. Reírme, discutir y hasta emocionarme con los recuerdos compartidos es un chute de energía para volver a este Madrid impersonal.

Y pienso, ¿no es eso realmente? ¿Volver a casa no es precisamente eso, que nos espere alguien?

Bilbao es, sin duda, mi casa. Ya solo queda la segunda parte: trabajar para volver.



martes, 9 de abril de 2019

¿Dónde han ido estos (casi) 6 años?

La última vez que escribí en este blog era en diciembre del 2013, vivía en Barcelona, en Castelldefels. Ya estaba con A., preparábamos una boda que llegaría en enero de 2015. Antes, en agosto de 2014, me instalaba en Madrid. 

Lo que pensaba que iba a ser un paso fácil, (¡ya lo había hecho antes!), se convirtió en una experiencia realmente dura. Desconectada de amigos, sola aquí, en una ciudad de la que todos me decían que era super-acogedora y que 5 años después, puedo decir que no es así, que de eso nada de nada,... El principio fue muy duro. Y más si lo acompañas de una experiencia profesional terrible.

En Barcelona, era muy feliz, a todos los niveles. Trabajaba con amigos, con los que además compartía mi vida fuera de las paredes grises y amarillas. En Madrid llegaron los momentos de soledad, la incomprensión, un entorno laboral al que no estaba acostumbrada... y los preparativos de la boda, que afortunadamente, tampoco me dieron muchos quebraderos de cabeza (o yo no me lo tomé así, vaya).

Llegó la boda, en enero, en un día de nieve y sol; la disfrutamos a tope, rodeados de los que queríamos... eché de menos a algunos amigos, parte de la familia, pero sentí que estábamos los que teníamos que estar. 

Y a partir de ahí, ¿qué más? Pues otra mudanza, que nos llevó a conocer la sierra norte de Madrid. 3 años en Lozoyuela, con miles de aventuras que podríamos recoger en una entrada llamada "una urbanita en el entorno rural". Para otro día.

Ahora, de nuevo instalados en Madrid, con 40 añazos encima, miro hacia atrás y pienso que no ha pasado tanto tiempo... pero todo queda muy lejano. Si le sumamos mi mala memoria, resulta el cocktail perfecto ;)

¿Retomo esto? Hoy ha sido casi un "vomitar" (término habitual estos días con mi gastroentenritis), un vistazo rápido. Un ¡hala!, ¡la última entrada es del nacimiento de Kirmen!

Le daré una vuelta, y sí, quizá pase por aquí de vez en cuando. ¡Hasta pronto!

viernes, 10 de mayo de 2013

De faltas de respeto....

Visita relámpago de 2 días a Madrid, a trabajar con un proveedor. Bien, ha ido bien, buenas sensaciones...

Estar en Madrid me lleva a moverme en metro, hago que en Barcelona, con eso de vivir fuera de la ciudad, no hago (no es que no lo haga a menudo, es que no lo hago nunca).

Me gusta observar a la gente en cualquier sitio... pero el metro de Madrid es lo más de lo más, de otra dimensión. Pantalones que brillan con parisinas que brillan aún más, conversaciones íntimas a voz en grito, conexiones en directo con Quito, vía skype desde la T4 hasta Nuevos Ministerios... Todo eso en un trayecto que dura, aproximadamente, 25 minutos.


Ayer, cuando volvía de nuevo al aeropuerto, me tocó compartir vagón con una pareja... curiosa. Ella, un look muy nórdico: rubia rubísima, ojos claros, muy mona. Él, moreno, bajito, y ... con los cascos puestos. Sí, tal cual. Ella le hablaba, él contestaba elevando el tono (de ahí que me fijara en ellos) y entonces caí en la falta de respeto máxima: llevaba sus cascos puestos mientras la pobre sueca lo achuchaba, le hablaba, le daba besitos y le sonreía. La falta de educación alcanzó su punto más álgido cuando él comenzó a mover las manos a ritmo de reggaeton-rap-vete tú a saber lo que era... Yo,alucinada y llegados a este punto, mirando con absoluta indiscreción. 

Bueno, pues así llegamos hasta la T1-T2-T3 donde se bajaron. Me vi tentada de acercarme y decirle a ella: "espabila, por favor...", pero me contuve y seguí observando, esta vez eso sí, eligiendo mejor el objetivo.